Todos los países son iguales en ciertos aspectos, pero no cabe duda que cada país es un universo distinto. Todos los países son iguales, pero diferentes. Cada nación tiene su propia idiosincrasia, costumbres, problemas, ventajas, virtudes, preocupaciones, etc. Para cada universo, existe una serie de prioridades políticas, que se dan en torno a la problemática particular del sujeto.
Así, cada nación o comunidad política distribuye sus recursos en diferentes sectores de la sociedad o programas de políticas públicas, atinentes a resolver sus problemas más urgentes. Así, por ejemplo, primero se deben cubrir las necesidades básicas de la población, tales como alimento, salud y vivienda. Luego de cubiertos esos aspectos, se debe pasar a los sectores primarios, también inherentes al desarrollo humano. Por ejemplo, la educación. Recién una vez cubiertos los aspectos que hacen al desarrollo humano y la dignidad de las personas, se pueden repartir los recursos estatales en otros aspectos, que en escala de prioridades pueden llegar a resultar secundarios. Por ejemplo, el desarrollo de las economías, de las industrias, de las actividades deportivas, del aparato estatal, etc.
En su obra “Financiación de las campañas políticas”, F. Cepeda Ulloa afirma que las inversiones en infraestructura política son tan importantes como aquellas en infraestructura social o económica. Aún en los países con elevados niveles de pobreza.
Creo que para comenzar el análisis de esta afirmación hay que diferencias el mundo en dos fragmentos: los países desarrollados y los que no lo están (empléese aquí cualquier denominación: países subdesarrollados, en vías de desarrollo, países pobres, países del tercer mundo, etc.). En este segundo grupo colocaremos a aquellas naciones en las que las necesidades básicas de la población no están satisfechas al cien por ciento, por lo menos en una parte considerable del total poblacional.
En los países desarrollados la afirmación de Cepeda Ulloa no es necesaria, no tiene sentido, porque no es imaginable una situación en la que la infraestructura social, humana y económica no se encuentre desarrollada. En esos países una muy pequeña proporción de la población sufre de hambre o vive en las calles. La desnutrición, las grandes masas de personas sin vivienda y sin sus necesidades cubiertas es algo que pasa al sur, allí en África o en Sudamérica. Entonces, la infraestructura política se puede desarrollar. Se puede fortalecer las democracias, o cualesquiera que fueran sus formas de gobierno.
En América Latina, esta afirmación no es simple de analizar, y mucho menos de responder definitivamente. Tiene muchas respuestas posibles, cada una tan válida como las otras, dependiendo el punto de vista que se tome, la posición filosófica y política desde la que se responda, y los objetivos que se busquen.
Por un lado, uno puede afirmar que es totalmente imposible tratar de desarrollar una infraestructura política si los indicadores básicos del desarrollo humano no están cubiertos. Esto se pone de manifiesto afirmando que a una persona que no tiene comida, o está durmiendo en la calle por no tener una vivienda adecuada, no le importará mucho si los partidos políticos están financiados por el Estado; o si las elecciones son limpias, si el gobernante es de un partido de izquierda o de derecha; ninguna de estas cuestiones se comparan con las ansias de satisfacer sus necesidades más elementales.
Sin embargo, también es válida otra afirmación, la que comparte Cepeda Ulloa, la que le da importancia a la inversión es infraestructura política, aún en los países pobres. Esta afirmación puede defenderse diciendo que, en los países pobres, con habitantes que pueden llegar a caer en el voto cautivo, en el voto a cambio de un bolsón de comida o de promesas de vivienda o bienes de apreciación pecuniaria; más que nunca es necesario preservar a sus habitantes de la política fraudulenta. Según este punto de vista, esto encontraría una primera solución en el hecho de financiar públicamente los partidos políticos, para que estos puedan participar de las elecciones en igualdad de condiciones. Así, las elecciones se realizarían en un marco más competitivo, que imposibilitaría a los partidos en el poder a ganar las elecciones “comprando” el voto de sus habitantes.
A simple vista y luego de analizadas dos posiciones distintas, parece demasiado complejo inclinar la balanza para uno de los dos lados. Por un lado, tenemos la dignidad humana en su principal expresión, la carencia de los habitantes de América Latina de muchas de sus necesidades básicas y la necesidad de remediar esto. Por otro lado, estamos frente al peligro de la falta de transparencia política, de la falta de competencia.
Sabidos son los casos en América Latina donde un grupo de “caudillos” o élites de gobierno se disputan el poder a puertas cerradas, o en elecciones que parecen batallas sin armas. En estas negociaciones y enfrentamientos, el pueblo de las naciones queda siempre de rehén, ya que es coaccionado a votar con las prebendas más elementales, como poca cantidad de dinero o alimentos o indumentaria. Se corre aquí un serio peligro de dejar que la política “sea capturada por unos cuantos” (op.cit) que hagan del pueblo lo que deseen, y puedan ahondar más la situación desesperante de una parte de la población.
Sin embargo, una cosa es cierta. Los problemas de alimentación, pobreza y falta de vivienda existen en verdad, son palpables. Nos cruzamos con ellos todos los días, no es un invento de los medios de comunicación. En mi país, hay gente que literalmente se muere de hambre, hay gente que duerme en la calle por no tener una vivienda digna. Por otro lado, la posible apropiación de la política por unos cuantos es eso: posible. Es clara la respuesta entonces.
El gobierno de una nación debe invertir primero en infraestructura humana, social y económica; que de respuesta a las necesidades del cien por ciento de la población nacional. Una vez cubiertas estas necesidades, se puede invertir el presupuesto sobrante en diferentes aspectos, incluida la inversión en infraestructura política. Las prioridades están bien marcadas. Sin habitantes sanos y alimentados no hay nación. Los problemas políticos se pueden solucionar después, una vez que se logre que la población no muera de hambre.